Que si lo observabas oyendo el Dark Side of The Moon de fondo, que si comprabas o conseguías los anteojos especiales, que si generabas una idea de negocio aprovechando la instancia… miles de propuestas avisoran el entusiasmo de un pueblo que no tiene mayor relación con los astros más que el improbable cálculo astrológico de los mercachifles que a diario venden miedo y esperanzas vacías a la par en sus líneas de periódico. Era para el oportunista promedio, una oportunidad dorada para figurar y entregar su “riqueza única” a la población incauta, que, sedienta de verdades (aunque sean a medias, o derechamente, mentiras), prestaría su total atención a los más auspiciosos o apocalípticos vaticinios.

El eclipse vino, pasó, se fue. Fue el bello espectáculo que debía ser. Lo disfrutamos todo lo que cada uno se permitió disfrutar. Lo amamos, lo aplaudimos, lo lloramos, besamos y cantamos. Lo auscultamos, observamos y analizamos, lo transformamos en un momento histórico de una sociedad a ratos imberbe, a ratos añeja.

En lo personal, disfruté como niño. Me hice la tarde observando a personas de todo tipo usando el sucio lente de soldador que horas antes me había agenciado Ada, mi esposa, gracias a lo que mis colegas y mucha otra gente desconocida pudo apreciar el fenómeno natural -en tanto Osornito, mágico como el sólo, lo permitió-. Observé el sol unas cinco veces, un par de segundos, cada vez. Luego, la entrega necesaria al trabajo de rutina, exigía mi presencia atornillado a la silla, encadenado al escritorio; feliz, como un buen borrego.

Advertida de que la observación de unos 40 segundos podría tener un precio, una caminante hizo el ademán de buscar el dinero en su cartera para “pagar por el servicio” de observar el sol con el dichoso vidrio. Hubo que convencerla, de que era gratis, (en serio, señora). Gratis. Como el sol (hasta ahora).

Me llamaron la atención los que no quisieron mirar, por miedo a quedar en ridículo en manos de una broma de desalmados prankistas o los que simplemente no tenían el ánimo o la personalidad para hacer contacto con extraños o con el propio sol. Finalmente, me llamaron la atención aquellos que simularon ver algo, cuando las nubes no permitían ver nada.

Cuando ya todo pasó, cuando volvimos a la normalidad, sentimos el frío y la oscuridad invernal. La realidad llegó a dar su cachetada y el atardecer cayó de golpe. La vida continuaba, a pesar de la exquisita pausa, demostración de la infinita creación del Creador y nuestra propia inferioridad y diminutez.

Comparte mi contenido en redes...
error0